miércoles, 24 de febrero de 2010

Ni la polio pudo con Esmera López


Su nombre implica lucimiento y esfuerzo. A Esmera López la vida no le fue fácil, y no reniega de su silla de ruedas que forma parte de su vida, luego de que contrajera poliomielitis en 1953. La escasa movilidad de su cuerpo no la limitó para ser pintora, cantante y poeta.


Esmera era una nena muy activa, le gustaba estar siempre en movimiento, valiéndose por sí misma. Jugando, corriendo, riendo y cantando. Iba con sus cuadernos de hojas blancas a todos lados, esperándolas para que sean cubiertas con nuevas palabras, rimas, poemas o algún cuento.

“Me hace mal hablar de todo esto”, dice, pero despacito fue entrando en confianza y se amigó con el grabador de periodista. Tomó aire y fuerzas para recordar aquel año tan duro (y los que le siguieron con la rehabilitación), que le cambiaron la vida, pero no lograron derribarla: “Yo nunca me enfermaba. Fui muy sana hasta mis 10 años que contraje polio. Durante el tiempo de sequías era muy peligrosa la enfermedad. Yo fui la única de mi familia que la padecí. Fue muy feo. Me agarró en la pierna. No podía mover los brazos ni las piernas. Se tiene una fiebre muy fuerte y después mucho dolor en los músculos. Es una enfermedad muy rápida, porque yo sentía dolores y, en una semana, me atacó. Estuve un mes en cama. Nadie sabía qué era lo que tenía. No sabíamos nada de la enfermedad. En esa época no se hablaba de la polio y se me trataba como si fuera un reumatismo. Después hubo una creciente, una inundación muy fuerte, y no me pudieron sacar de ahí, porque estábamos en el campo. Habíamos quedado rodeados por el agua”, recuerda con precisión cinematográfica.

“En esa época estaba como presidente (Juan Domingo) Perón y como mi caso era muy raro, iban a mandar un avión para que me trajeran a Buenos Aires. Pero la noche que me enfermé no me podían sacar de mi casa, entonces me tuvieron que llevar otro día hasta el hospital, en carro. No sé qué pasó con ese avión que había solicitado mi médico del Chaco para que me trajeran a Buenos Aires. Hay muchas cosas que no recuerdo. Estaba como inconsciente”.

Esmera nació en 1943 en un pueblito del Chaco llamado Machagay. Es la tercera de nueve hermanos y se crió en el campo junto a sus padres, primos y vecinos. “Tuvimos una niñez muy hermosa. Mi papá trabajaba en el campo y nosotros lo ayudábamos, pero lo hacíamos como juego, como diversión. Me gusta mucho la naturaleza y estar en contacto con la tierra. Nos la pasábamos jugando con nuestros primos y con otros chicos, porque había muchos chicos en la vecindad. Íbamos a la escuela dos o tres veces a la semana, por lo lejos que quedaba, y el resto de los días nos enseñaba una tía. En la escuela nos daban muchos deberes y los teníamos que hacer con ella. Me gustaba estudiar, leer mucho y hacer los deberes”.

Creció entre la naturaleza, la fe en Dios y en la Virgen, y entre todas las manifestaciones artísticas. “Todo lo que es arte, me gusta. Desde chiquita dibujaba con lápices y me gustaba hacer muñecos de barro, pero a mi madre no, porque me ensuciaba toda y después ella tenía que lavar la ropa -lo recuerda entre risas interminables, y junta fuerzas para continuar-. Ella se llamaba Blacia López y llevó su apellido, porque en esa época se usaba en las provincias, y más en zonas rurales, que la madre se encargara de anotar a los chicos, porque el hombre no podía perder tiempo, debía trabajar.

“Mis padres fueron muy buenos conmigo y mis hermanos. Siempre me apoyaron y me alentaban con cada una de mis obras. Ellos eran muy amigos con nosotros, nos acompañaban, nunca nos pegaron. Generalmente nos portábamos bien, pero hacíamos algunas travesuras, como todo chico. Si mi mamá se enojaba mucho, nos ponía enfrente de la Virgen, porque en nuestra casa teníamos un altar. Nos dejaba frente a sus ojos para que le pidiéramos disculpas por lo que habíamos hecho. Era una vergüenza estar enfrente de la Virgen por haber hecho algo mal, porque no sabés lo que la Virgen está pensando (se ríe)”.
Con sus 66 años, Esmera se emociona al recordar los tiempos de su niñez, cuando estaban todos juntos y eran una gran familia. El hablar de su tierra, su Chaco natal, también es motivo de emoción. No puede controlar las lágrimas al intentar hablar, recordar, pintar en su imaginación cada momento, para luego volcarlo en palabras.

Su lucha comenzó de muy chica, y aunque estuvo acompañada por su familia, sólo ella sabe lo que le costó recuperar la movilidad disminuida. En los tiempos en que se enfermó, su mamá y una de sus hermanitas viajaron en tren con Esmera a Buenos Aires para encontrar un paliativo a su mal. “Vinimos en tren, en un camarote con médicos y enfermeras. Estuve en el Hospital Muñiz y después terminé mi rehabilitación en el Instituto Nacional del Lisiado. Tuve que hacer mucha rehabilitación, todo muy despacio, y aprender de nuevo todo. Empecé a usar la mano izquierda y a adaptarme a esta nueva vida.

Me tuvieron que injertar el dedo gordo de la mano izquierda. Me daba mucha impresión tener algo de otra persona. Yo le preguntaba todo al médico. Quería saber lo que me iban a hacer. Al principio no me gustaba mi mano, pero ahora me encanta. La amo. Gracias a ella puedo pintar”.

Tenía 10 años y una vida llena de sueños. Habrá sido, como ella asegura, uno de los primeros casos, porque la gran epidemia llegaría tres años después y mantendría en vilo al mundo. Esta enfermedad viral (hoy, casi erradicada) atacó a unos cuatro mil chicos, sus principales damnificados, de los cuales murieron tres mil. Para entonces, se desconocía el origen de la enfermedad, mientras los científicos estadounidenses Salk y Sabin diseñaron por separado las vacunas salvadoras. El modo de prevención que se utilizaba era demasiado casero para la problemática del momento: se pintaban los árboles y los cordones de las calles de cada barrio con cal y se colgaba del cuello de cada niño una bolsita con alcanfor porque se creía que esta sustancia evitaba el contagio.

A Esmera la enfermedad la atacó en una pierna y le fue invadiendo todo el cuerpo. Hoy se encuentra en silla de ruedas y sólo puede mover la pierna derecha, un poco el brazo izquierdo y, de manera más ágil, esa misma mano, con la que pinta.

“Me recuperé en el Hospital Muñiz, en donde había un sector para discapacitados. Después de que me pasó a mí, en el ´56 con la gran epidemia que hubo, aumentó el número de pacientes con polio en ese sector. Estuve un año en cama. Me hacían bañoterapia para aflojar los músculos: me ponían en una pileta de aluminio con agua caliente, con un termómetro, y yo no sentía nada. Además, me hacían mucha gimnasia, ejercicios y masajes. De a poquito, me empezaron a parar, aunque yo no quería. Parecía un bebé, era horrible eso. Tenía muchos aparatos en las piernas. Estaba inmovilizada. No podía mover los brazos, ni las piernas. Nada. Comía a través de sonda. Estuve un día con un pulmotor por que no podía respirar. Es que afecta el tórax y los pulmones. Menos mal que pasó todo eso. Hubo un momento en el que, con mucho esfuerzo, me paraba sola. Pero la silla no me impidió nada. La silla fue mis piernas, pero yo intentaba caminar como ejercicio”.

Esmera estuvo la mayor parte del tiempo alejada de su familia, porque “mi mamá tuvo que regresar a mi provincia para cuidar a mis hermanos. No sabía que me iba a poder arreglar sola. Cuando se fue, me dije: '¿qué va a ser de mí?'. Los médicos no me dejaron sola y únicamente recibía la visita de mi madrina, la actriz Dora Prince, que trabajó mucho en obras de comedia y en la televisión. Nos conocimos cuando estuve internada en el primer centro de rehabilitación y nos hicimos muy amigas. Estuvimos siempre juntas. Me acompañó siempre y en todo”.

Lo que ella hacía con toda naturalidad en el Chaco antes del ´53, ahora iba a resultar uno de sus métodos de rehabilitación. “El ejercicio de la pintura y del dibujo era ideal para empezar a mover los dedos. En el hospital empecé a pintar con tizas, porque sólo podía mover cuatro dedos. Comencé a dibujar como ejercicio en la rehabilitación, y terminó siendo una herramienta de trabajo y un hobby.

Cuando los profesores me daban las clases, me decían que lo hacía muy bien. Ellos me felicitaban siempre y aseguraban que parecía que tenía años de clases de dibujo. De a poco me fui perfeccionando y tomando todo lo necesario de cada uno de los profesores que tuve, pero siempre buscando mi estilo”.

La pintura es la forma de expresión que encontró Esmera en los momentos más difíciles de su vida. Hoy sigue siendo la forma de dejar su marca en esta vida, de ocupar su tiempo y dejar volar su imaginación cuando su pulso se lo permite. “Me gusta pintar muchas cosas: caricaturas, la danza del tango, las costumbres bien argentinas (pulperías, gauchos), la Virgen, Jesús, animales y personas. Todo. Pero para mí, lo más importante es darle vida a los cuadros. Le hice un cuadro de los gatitos de la asistente social del Hogar San José, en el que vivo actualmente. Ella me trajo una foto de ellos y lo hice. Me encanta ver y acentuar las expresiones de la cara. También dibujé a Tita Merello y a Hugo Del Carril”.

La mayoría de los pasillos del Hogar San José, de la localidad de San Martín, están decorados con cuadros y frases de Esmera. Sus obras se destacan por su explosión de vida, luz y color. “Me encantan los colores, por eso también los elijo para mi cabello”, justifica el rojo rabioso de su pelo que está siempre arreglado, porque es muy coqueta y no lo niega.

Muchos de sus cuadros también viajaron. “Generalmente regalo muchos cuadros, pero en Alemania los vendí, a través de un amigo que conocí en uno de los hogares en los que viví. La verdad, que me los hayan comprado me sorprendió mucho y me emocionó, porque es una manera de demostrarte que valoran lo que hacés. Vendí más de cuarenta”.

Ella no pinta en todo momento sino “sólo cuando me siento bien, tengo fuerza mental y buen pulso, porque a veces me levanto mal y me cuesta pintar. Prefiero hacerlo por la mañana porque tengo más energía. El calor me afecta un poco y a veces me tomo algunos descansos. Como con el cuadrito de Jesús (se ríe) que tengo sobre la silla, ya dibujado pero le faltan los colores”. Esmera es la encargada del taller de pintura del Hogar. “Matías, el profesor del taller, me ayuda en la técnica. Me remarca con fibrón algunas líneas de los dibujos para que no se me pase la pintura. Además, le enseño pintura a los chicos del barrio que vienen a veces, y a Leo, mi compañero. Él era chofer de colectivo y jamás se había acercado a la pintura, pero le enseñé. Me sentaba al lado y lo guiaba. Pero me molestaba porque era muy lento, a mí me gusta la rapidez (se ríe), igual aprendió. En la vida hay que enseñar todo lo que se pueda. Cuando regresé al Chaco después de los seis años de rehabilitación, le daba clases a unos 20 chicos, les armaba los dibujos de los cuentos y también les ayudaba a hacer los deberes de la escuela”. Como no podía ser de otra manera, su amigo dibujó un colectivo que decora las paredes del lugar junto a otros cuadros.
“Acá, además, tenemos el taller literario y de reflexión. Me encanta porque damos opiniones sobre un tema en particular”. Esmera está en su salsa. Aunque le costó un poco adaptarse. “Mi madrina arregló todo para que pudiera ingresar a este hogar, al principio la idea no me gustaba, porque yo quería estar libre, hacer la vida como quiero. Pero me adapté porque hay muy buena gente, con la que comparto charlas, mates y puedo pintar”.
Esmera realizó la rehabilitación durante seis años alejada de su familia. El único contacto con ellos era a través de la correspondencia. “Como no recibía cartas de mi mamá le mandé una, la escribí como pude, pidiéndole que me viniera a buscar. Vino en 1959 y nos volvimos en tren, porque yo quería viajar para ver el paisaje. En el micro es muy aburrido, tenés las ventanas cerradas. No me importaba que fueran muchas horas, porque para mí era muy divertido y podía escribir poemas mientras tanto. Cuando llegamos, todo me parecía raro. Me daba mucho miedo la noche, porque en el campo no hay tanta luz como en la ciudad. Después me acostumbré a andar de noche y me gustaba mucho. Cuando teníamos que ir a actuar, andábamos por las noches sin problemas”. Esmera y su hermano formaron un grupo de música al que bautizaron, igual que su ciudad, “Los Trovadores de Quitilipi”, al que se dedicó con total seriedad, desde la silla que le permitía moverse.

“Mi hermano Nicasio actuaba como aficionado. Pero para mí eso no estaba bien, porque había que buscar el profesionalismo. Teníamos que comer gracias a la música, porque no era sólo un hobby. Era un trabajo. Armamos el dúo, yo era la voz principal y tocábamos música del Litoral. Las letras de las canciones las componía yo y mi hermano le ponía música con su guitarra. Toqué en toda mi provincia durante más de 15 años. Estudié canto en Capital Federal, hice teatro leído y me sirvió mucho para el grupo. Nos conocían todos en el Chaco. Todos mis hermanos cantaban, pero no lo hacían en público. Yo soy más caradura (se ríe). La primera vez que cantamos fue en una peña y eran las 4 de la mañana, yo tenía sueño, quería dormir, pero seguíamos cantando. El dúo lo empecé con mi hermano y después hicimos un casting para elegir a alguien de buena voz. Quedó Romero, que fue mi compañero”.

Ya un poco más grande, Esmera volvió a Buenos Aires y vivió en distintos lugares: en la casa de familiares, conocidos y hogares. “De la casa de mi hermano Pedro me fui porque me sobreprotegían mucho. 'Esto no podés hacerlo, aquello tampoco'. Yo soy libre. Hago lo que siento. A lo largo de mi vida aprendí muchas cosas porque nunca me quedé, siempre quise saber algo más: leer, entender, escribir, hasta cuando estaba con la polio. En la vida hay que luchar y formarse. La vida es un viaje. Hay que viajarla rápido, bien y feliz. Tal vez, ésta sea mi última parada”.